La norteamericana Natalie Bergman ha publicado este año su segundo disco en solitario, "My home is not in this world" (Third Man Records, 2025).
Hay discos que no vienen a salvarte la vida ni a explicarte el sentido del universo. My Home Is Not In This World de Natalie Bergman es más bien de los que se sientan contigo en el sofá, te miran en silencio y te pasan una manta. Y no hacen ningún comentario ingenioso al respecto.
Musicalmente, el álbum flota entre el góspel, el soul y un pop que parece haber aprendido a hablar bajito. Todo suena contenido, delicado, casi como si las canciones no quisieran molestar. La voz de Bergman no predica ni dramatiza: acompaña. Es fe sin megáfono, espiritualidad sin incienso obligatorio.
Mientras lo escuchaba, imaginaba a uno de mis Playmobil quieto, mirando al vacío, con los brazos ligeramente abiertos, como si acabara de aceptar que el mundo es raro y que hoy no toca entenderlo. No reza, no llora, no baila. Simplemente está. Y ese “estar” define bastante bien el disco.
El título lo deja claro: este no es un álbum que quiera encajar en el ruido cotidiano. Habla de sentirse fuera de lugar, de no terminar de pertenecer, y de convertir esa incomodidad en refugio. No ofrece respuestas rápidas ni eslóganes reconfortantes, pero sí una compañía honesta, que a veces vale más.
My Home Is Not In This World es un disco para escuchar despacio, con el volumen justo y el cinismo aparcado en la puerta. Incluso el Playmobil lo aprobaría. Y eso ya es decir bastante.


No hay comentarios:
Publicar un comentario